¿Qué pasa por la cabeza de quienes conducen un automóvil que despierta ese odio tan visceral hacia los ciclistas? Conducir un auto implica respetar un orden moral, existen normas de tránsito, legales y también informales o de cortesía, pero allí están. A todos los conductores se les exige conocerlas y respetarlas. Sobrevivimos a las horas pico en avenidas o embotellamientos porque todos conocemos las reglas y la gran mayoría, por lejos, decide respetarlas, evitando maniobras imprudentes o actitudes ventajistas como adelantamientos en la fila. En ese preciso momento, en medio del caos de la hora pico, aparecen los ciclistas siguiendo inocentemente las reglas de tránsito pero haciendo cosas prohibitivas y condenables para los automovilistas: cruzar semáforos en rojo, circular por el lado incorrecto de la acera o hacer prevalecer su condición de “más débil” para adelantarse en bocacalles impidiendo el normal giro de los automovilistas.
Podríamos argumentar que manejar un automóvil es un gran juego de coordinación de nuestras vidas en sociedad. Este juego se da entre conductores que no se conocen pero aun así acuerdan seguir las normas de transito y manejar lo mas correctamente posible. Como en todos los juegos, siempre hay un incentivo para hacer trampa y aprovecharnos de los demás. Si todos los autos están detenidos en fila india por un embotellamiento, puedo aprovechar y adelantarme por la banquina, si todos pagan el impuesto a las patentes o el ABL puedo elegir no pagarlos y seguir beneficiándome como todos los demás y sin ningún costo por mi falta de cooperación.
En economía, el fenómeno del ventajista que se sirve impunemente del beneficio social del respeto a las normas es conocido como “el problema del free-rider” o polizón. El polizón resulta una paradoja para quienes estudian el sistema evolutivo de las sociedades ya que su gen egoísta destroza cualquier intento de cooperación social. Para poner un ejemplo claro: una vez establecidas las normas de tránsito y circulación en ciclovías y bicisendas como un bien colectivo y socialmente aceptado, siguen existiendo individuos egoístas que, en pos de un beneficio individual como puede ser llegar a destino antes que los demás, eligen ignorar las normas que sigue el resto de la sociedad y acortar camino por una arteria por donde no hay bicisendas.
Colapso social
¿Cómo lograr entonces hacer cumplir las reglas en una sociedad potencialmente caótica? En el trabajo de investigación denominado “Castigo altruista en humanos” publicado en 2002 por la revista Nature, los investigadores Ernst Fehr y Simon Gachter parecen haber encontrado la chispa que dispararía la cooperación entre desconocidos reduciendo la cantidad de ventajistas o free-riders. El castigo altruista es un tipo de castigo que resulta costoso para el individuo que lo practica pero no le trae aparejado ningún beneficio directo. Imaginemos que pagamos la entrada para un recital de KISS en el estadio River Plate y de pronto vemos que unos chicos saltan el paredón y las vallas de seguridad y se disponen a disfrutar el recital a la par mía sin haber pagado la entrada. Puedo ignorar lo que vi y disfrutar el show a ningún costo para mi (salvo el de haber pagado la entrada, claro), o bien abandonar mi lugar y buscar a los guardias de seguridad para que los echen del estadio, pagando el costo de perderme los fuegos artificiales del comienzo del espectáculo, vale decir, castigarme altruísticamente.
La investigación de Ernst Fehr y Simon Gachter consistió en repartir 20 créditos a cada individuo de un grupo de voluntarios y pedirles que colaboren con sus créditos para un proyecto grupal desde una PC, sin conocerse entre ellos. En cada ronda, los individuos recibían 20 créditos adicionales y podían colaborar con el total de sus créditos en un proyecto grupal. Luego de recibir todas las colaboraciones (o no) para el proyecto, todos los individuos obtenían el 40% del pozo colectivo.
Bajo las reglas de este juego, el mejor resultado colectivo se da si todos los individuos aportan el total de sus créditos a un proyecto grupal. Sin embargo, el mejor resultado individual es aprovecharse y hacer “free-riding”, conservar los 20 créditos sin aportar nada y aun así obtener el 40% del pozo grupal. A medida de las rondas se sucedían, mas individuos se convertían en polizones, nadie quería pagar la fiesta de los demás, y por ende menos se repartía del pozo colectivo, hasta que éste fue igual a cero.
¿Cómo obligar a todos a cooperar evitando el colapso social? Fehr y Gachter introdujeron un cambio en el juego, la posibilidad de ejercer el castigo altruista. Cada individuo podía multar con créditos los créditos de otros jugadores, pagando un costo por ello. Puede no existir ningún beneficio directo en multar a individuos, pero todos comenzaron a multar a quienes no habían colaborado en la ronda anterior y el costo de las multas fue poco a poco volviéndose más y más gravoso para el free-rider o polizón. El efecto en la cooperación fue abrumador. Con la introducción del castigo altruista y a medida de pasaban las rondas, el monto promedio de colaboración al proyecto grupal fue en ascenso. En resumen, el sistema de multas permite la cooperación entre grupos de extraños, superando de esta manera el desafío del ventajista free-rider.
Pero cómo se relaciona todo esto con el odio de los automovilistas hacia los ciclistas. La clave está en un detalle de la investigación de Fehr y Gachter. ¿Acaso los individuos que participan de este juego se sientan relajados frente a la computadora calculando probabilidades, simulando sesudamente escenarios de la teoría de lo juegos y razonando sobre tasas de costo/beneficio? No, esa no fue la razón inmediata por la que los jugadores multaban a los más ventajistas. Los jugadores repartían multas indiscriminadamente como endiablados. Fehr y Gachter, como buenos analistas del comportamiento que son, se aseguraron de medir exactamente el nivel de maldad al multar, pidiéndoles a los jugadores que puntuaran su odio en una escala de 1 a 7 en reacción a varios escenarios. Cuando los participantes fueron enfrentados con un free-rider, casi todos se identificaron con los valores máximos de la “escala del odio”. Fehr y Gachter describen estas emociones como un “mecanismo próximo”. Esto significa que la evolución ha generado en la mente humana un odio a los free-riders y ventajistas, que activa nuestro enojo cuando nos enfrentamos con gente que actúa de esta manera y es este enojo el que dispara nuestro castigo altruista. De esta manera, la emoción es nuestra particular manera de evolución que nos permite superar nuestro cortoplacismo egoísta y fomenta la vida social en grupo.
Podemos ver entonces que existe una presión evolutiva empujando a los automovilistas a odiar a los ciclistas. En lo profundo de la psique humana, conservamos un impulso que nos ayuda a coordinarnos con extraños y así construir la sociedad global que es un sello distintivo de nuestra especie. En ese mismo lugar de nuestra mente también habita el odio hacia las personas que infringen las normas, que se sirven de los beneficios sin contribuir con los costos. Los ciclistas desencadenan este odio al usar las calles y avenidas sin siquiera respetar las mismas normas que los automovilistas.
Ahora bien, los ciclistas que hayan leído esto pueden pensar “pero las normas no están hechas para nosotros, somos más vulnerables y discriminados, no deberíamos tener que seguirlas”. Tal vez sea cierto, pero resulta irrelevante para los demás usuarios de las diferentes arterias de la ciudad que perciben cómo se ignoran las normas que ellos se ven obligados a cumplir. Tal vez la solución sea educar a los conductores para que entiendan que los ciclistas están jugando un papel importante en un juego más amplio de reducir el tráfico y la contaminación. O tal vez debamos como sociedad liberar nuestra furia y desquitarnos con una clase más importante de free-riders como los evasores de impuestos, mientras pensamos como hacemos entender a los ciclistas que las normas existen y deben ser cumplidas por todos.
Copyright http://mindhacks.com. Extractos y adaptaciones de traducción realizadas por editor del blog Autotransit



